Articulos - Caminos


Paraguaná Recorriendo la Península (I)

Fecha: 2009-03-09

La diversidad geográfica de Venezuela es tan generosa que podemos disfrutar de casi cualquier escenario, simultáneamente, en toda época del año. Existe una localidad de singular belleza y realce, que puede visitarse en cualquier período vacacional, que nos transporta y nos hace sentir como si estuviéramos en pleno desierto del norte de África, pero en pequeña escala. Cuenta con parajes desérticos, que encontramos en diversas partes de su territorio, y es la entidad más seca de nuestro país en el estado Falcón.

Con el objeto de recorrer una parte de la península de Paraguaná, pasada la media noche, salimos en compañía del Club Valexpedition. Amaneciendo, arribamos a la población de Coro, nombre propio de la lengua indígena Arawuaca que significa viento, alusión muy merecida por los intensos alisios que perennemente en ese lugar soplan hacia el oeste.

Fundada en 1527 por Juan de Ampíes, sobre tierras en aquel entonces de aborígenes caquetíos, Coro constituye una de las ciudades más antiguas de Sudamérica. Fue la primera capital de la provincia de Venezuela y además designada por el Papa como la primera sede episcopal de tierra firme; adicionalmente tiene el honor de haber asentado la primera catedral en tierras americanas. Fue declarada por la UNESCO monumento Nacional y Patrimonio Histórico de la Humanidad.

Nos detuvimos a descansar un poco, mientras aclaraba el día. Una lluvia nos levantó repentinamente, algo no muy común porque la pluviosidad es muy baja en esa zona y las escasas lluvias llegan a unos 250 mm anuales.

Nuevamente empezamos a avanzar y nos dirigimos hacia las Cumaraguas, mientras el sol naciente nos acompañaba en nuestro recorrido, tratando de vencer a las nubes tormentosas sobre el infinito mar, el cual bordea el istmo que alberga a los imponentes médanos predominantes en el paisaje. Estos colosos de arena, de unos veinte metros de altura, se mueven a merced del viento y crean en esa zona un desierto absoluto. Nos encontrábamos dentro de un Parque Nacional Médanos de Coro con sus 91,280 hectáreas, instaurado el 6 de febrero de 1974.

Las marismas salitrosas nos indicaron que habíamos llegado a las Cumaraguas, en donde nos detuvimos a caminar y a observar el lugar. A la orilla del mar, encontramos grandes cristales de sal y algunos niños se nos aceraron para curiosear y vendernos algunos pedazos. Pudimos ver las labores de recolección de la sal y constatamos la dureza de este trabajo, bajo esas condiciones climáticas de intensa radiación solar. Con el transcurrir de las horas, sin piedad alguna, el astro padre se alzó sobre las nubes y empezó su labor cotidiana de calentar aún las más resecas tierras. La temperatura promedio en esta zona supera los 25º C y la evotraspiración es muy intensa en esas latitudes.

Proseguimos hacia el Cabo San Román, el punto más al norte de la península donde el viejo faro que orienta las embarcaciones se enfrenta a las condiciones climáticas que han deteriorado su estructura, aunque todavía se erige en el horizonte, marcando el punto más septentrional de la tierra firme venezolana.

A escasos metros del faro nos paramos para desayunar en un restaurante, pero a esa hora se encontraba cerrado. En ese lugar se forma una bahía y allí se encontraba encallado un barco, seguramente nave carguera de cabotaje porque aun se conservan sus grúas sobre la cubierta. Semeja una muda advertencia de los peligros de la costa para la navegación y la importancia de los faros costeros.

Después del necesario desayuno, nos preparamos para abandonar el asfalto, ya que allí comienza el camino de tierra y seguidamente arena por unos kilómetros. Luego de visitar la base del faro y hacer las fotografías de rigor, nos adentramos en unas dunas de poca altura, por donde se encuentra un camino demarcado entre la vegetación xerófila. No son más de 60 especies vegetales en toda la zona. Pequeños arbustos como la retama y el tabaco de pescado, proliferan por el lugar; sobre los suelos arenosos se esparcen unas hierbas, que asemejan una alfombra y ocultan los médanos debajo de ellas.

En un determinado momento, el camino que llevábamos se perdió, seguramente por ser los médanos movibles por la acción del viento. Navegamos sobre los arenales con todo gusto, el terreno obligaba a llevar una marcha constante y con cierta velocidad, precisamente la adecuada para no quedar atascado. Estas colinas pueden ser traicioneras y tendernos trampas, ya que el terreno puede parecer uniforme y no serlo. De hecho, uno de los vehículos cayó en una zanja y quedó inmovilizado; lo que rápidamente fue solucionado gracias al winche, un implemento muy útil en estos escenarios.

Avistamos otro faro, era la punta Macolla, donde se encuentra una de las tres casas de arquitectura Antillana, seguramente de finales del siglo pasado. Un poco más allá, nos dispusimos a descansar un rato, almorzar y disfrutar de la playa en la Encenada del Pesquero, lugar muy agradable y solitario. Conforme avanzamos hacia el sur, siguiendo la costa oeste de la península divisamos lugares que no parecían de Falcón por el intenso verde, el gran número de aves marinas y el azul profundo de sus aguas. Nos encontrábamos en la Ensenada de la Boca, un poco después de Punta Jacuque.

Para acampar, el sitio es ideal, pero se debe tomar en cuenta que no se consigue sombra por estos parajes porque n hay árboles, ni palmeras; se debe prever esta situación, ya que en Parguaná el sol es inclemente.

Hacia el este, divisábamos un promontorio de considerable altura, que antes no se veía. Es el Cerro Santa Ana, monumento natural ubicado en el centro de la Península, el cual posee una altura de 830 m.s.n.m. Está formado por rocas ígneas metafórmicas y presenta tres picachos: Santa Ana, el más alto, Buena Vista hacia el este, y Moruy, hacia el oeste. Toda esta zona de Falcón alguna vez estuvo sumergida en aguas marinas durante largos períodos geológicos. Sólo en el último millón de años emergió y se convirtió tierra firme.

En la parte elevada del cerro se encuentra una selva nublada, una pequeña muestra de la diversidad que poseemos. Tan solo en ese cerro existen cuatro pisos botánicos muy marcados: xerófilo, bosque espinar, zona tropófila con bosque deciduo montañoso, zona hidrofilítica con selva nublada y, además, vegetación seudo palmera. Existen vías para ascender al cerro y la vista es espectacular hacia todos lados.

Finalmente, arribamos a los Taques, final de nuestro recorrido y enlace con el asfalto. Realmente disfrutamos de un recorrido muy seco, pero que esconde bellezas y lugares distintos, poco tocados y visitados por el hombre. Cada día se afirma más nuestra convicción de que cada estado de Venezuela es una caja de sorpresas; todos poseen lugares majestuosos, lo que los hace una bendición que debemos aprovechar y preservar.

Fuente: Edición No. 20

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