Noticias 


Caño Negro de Chiguao

Fecha: 2009-03-09

Cuando vemos un afiche de la Corporación Venezolana de Turismo con la leyenda: “Venezuela, el secreto mejor guardado del Caribe”, nosotros, los habitantes de este gran país, no imaginamos cuán acertada es esa afirmación ni lo increíble que es este secreto. Es una breve frase concebida para foráneos pero también es una realidad para gran parte de los venezolanos, porque este secreto esconde la geografía venezolana, que es emblema y resumen de un vasto continente. Todavía sus parajes siguen poniendo a prueba la capacidad de asombro del hombre, permanecen allí para ser redescubiertos, por supuesto, en armonía con el entorno.

Cada vez que escudriñamos un rincón de nuestro diversificado país, conseguimos edenes guardados y casi escondidos, magnos escenarios que nos minimizan como seres vivos ante la inmensidad de la naturaleza, que nos lleva a reflexionar sobre el misterio de la génesis de todo y nos ratifica que sólo somos una pequeña parte de ese gran universo. Esas imágenes y entornos nos engrandecen en vivencias y nos llenan de regocijo personal.

Nuestro viaje parte desde la población de La Paragua, en el estado Bolívar. Esta población ha sido nombrada en reportajes anteriores por ser la puerta de inicio a los viajes de San Salvador de Paúl y de Canaima.

En esta oportunidad, la ruta a seguir es otra trilla diferente a la anteriormente nombrada, la cual se vio sumergida por largo tiempo, en sus primeros kilómetros, por aguas contenidas de la represa de Guri. Esta vía se toma al pasar el río La Paragua con la chalana, inmediatamente al bajar en la orilla contraria, se encuentra una casa pintoresca a la derecha; después de esta vivienda se toma la primera trilla hacia la derecha, la cual se encuentra bien definida porque es la vía hacia unos poblados de mineros, el primero denominado Caño Blanco.

En estos parajes predominan extensas sabanas con algunas colinas, en lugares donde la vista tiende a perderse en las inmensidades, que se conjugan con los verdes degradados contrastantes con el blanco de los arenales y el rojizo de la tierra. En algunas oportunidades se encuentran tramos muy cortos de selva y algunos caños.

Pronto nos encontramos bordeando el río Asa, cuyas aguas de constante y lento peregrinar sirven para darnos un merecido y relajante baño. Escogimos acampar allí, en una playa de arena muy fina y blanca. Era aún algo temprano, alrededor de las cuatro de la tarde, pero ya teníamos alrededor de 14 horas de conducción y necesitábamos el descanso. Algunos integrantes temieron sumergirse en las aguas del río, por miedo a la contaminación por mercurio –peligro muy real, por cierto–. Hay lugares de extracción de metales y piedras preciosas, donde tan sólo con estar allí uno se puede contaminar. Pero por la cantidad de veces al año que uno pueda estar expuesto a este tipo de contaminación, algunos no dejamos de bañarnos.

Conseguimos algunos pipotes sumergidos dentro del río, suponemos que posiblemente contenían este nefasto metal, cuya utilización para estos fines está prohibida, por decreto presidencial, desde el año 1991. Seguimos sin entender la absurda ambición desmedida del ser humano hacia los metales preciosos o diamantes, muy a pesar de las catástrofes ecológicas que esto implica.

Cada cual se ubicó y se dispuso a hacer campamento. Un habitante de la zona, procedente de una etnia aborigen, quien tenía una curiara apostada en la orilla del río, extendió una red a lo ancho del afluente, la cual dejó durante toda la noche. El firmamento estaba plagado de estrellas y una suave brisa mantenía un clima que nos agradaba, con una temperatura fresca que descendió en horas de la madrugada. Entregados finalmente al sueño, el campamento se sumergió en silencio.

Con los primeros rayos del sol la actividad comenzaba, el pescador del lugar se embarcó en su curiara y se dispuso a recuperar su implemento de pesca, sacando sólo unos pocos peces –alrededor de cuatro. Los integrantes del campamento, casi en su totalidad aún dormían en ese momento. Uno a uno se fueron reincorporando a preparar su respectivo desayuno, comida que debe ser nutritiva y con contenido calórico importante, ya que en este tipo de viaje generalmente no hay tiempo para parar y cocinar a la hora del almuerzo. La cena sería la próxima comida completa.

De nuevo los motores estaban en marcha y la caravana continuó con la expedición. Seguimos internándonos en estas kilométricas estepas, que a menudo nos presentaban sendos paisajes de espacios abiertos, que daban gran sensación de inmensidad, aparte de la gran soledad del entorno; escasez que realmente lejos de añorarse era una gratificación. Estos lugares inspiran de tal forma, que sólo el hecho de circular por ellos es un disfrute en sí.

Nos detuvimos en un lugar para hidratarnos y comer algo. Nos sorprendió ver, en medio de esta sabana poco transitada y casi deshabitada por espacios de kilómetros, una cantidad de hoyos de unos 2 por 2 metros, los cuales nos generaron curiosidad. Alguien de la expedición dijo que eran pruebas de los mineros, buscando vetas de oro o diamantes. Qué lastima esta depredación en medio de lugares como ése, y que se sigan sucediendo sin control alguno. Seguidamente, empezamos a divisar “medanales” artificiales, producto de la excavación de los mineros. Estábamos en las afueras de Caño Blanco.

Continuamos por un período de unos 30 kilómetros y a la izquierda se encontraba la trilla, poco marcada, de la vía a Caño Negro de Chiguao. El camino se internó en una espesa selva muy tupida pero de corta distancia, al pasarla se conseguía el cerro de piedras llamado “Las Casas”, del cual nos habían dicho que quizás no podríamos subirlo porque se encontraba en muy malas condiciones.

El trazado en la roca que asciende hacia la cima de dicho cerro es muy angosto, con desniveles importantes, piedras sueltas en algunos tramos y marcada diferencia en el terreno, lo que ponía a prueba las suspensiones y sus recorridos, que eran llevados al máximo frecuentemente; además del temple del piloto.

Realmente es de especial cuidado este tramo, pues constituye una prueba de trial de consideración circular por allí. En un punto del ascenso inicial se encuentra una curva un tanto cerrada, con bordes cortantes y salientes. Allí, los carros largos deben pasar con mucho cálculo para no dañar la carrocería, subiendo con la inercia necesaria necesita buen cálculo para pasar por allí con cierta velocidad, ya que es milimétrica la distancia de lado y lado de los bordes de piedra.

Mientras subimos, nuestra vista se recreaba con un paisaje pródigo, una alfombra verde que cubría la sabana, combinación cromática donde la naturaleza aplicó profundamente los colores de su paleta; salpicada de morichales que se alzaban sobre el lecho de esa mágica tierra, que se enlaza con las montañas en ese lugar.

Las piedras de ese lugar presentan buena tracción, ya que son muy porosas; el color del piso iba desde blanco pasando por tonos de grises hasta negro. Existen unos tramos de dificultad media, agravada por la inclinación del terreno; se recomienda extremar precauciones en este tramo. Si bien no es algo al límite de lo posible, no se debe abordar alegremente; es recomendable no llevar cauchos anchos, ya que hay una parte de la trilla que queda enclaustrada entre piedras y se pasa muy justo. Los bordes de la carrocería iban rozando, al menos en el vehículo en que íbamos, que es de chasis largo.

Al culminar el ascenso, se entra en una especie de meseta, ya que no vuelves a bajar, y se circula por horas por ese camino. Es como si la montaña fuera un escalón hacia otro mundo, y esa sensación realmente se experimenta en ese lugar. Allí arriba la topografía cambia y de lado a lado se alzan unas inmensas paredes de curiosas rocas negras, que ocasionan que uno se sienta circulando por una especie de cañón bien ancho. A lo largo del camino encontramos algunos caños con poca agua.

Había un tramo de arena compactada, la cual cedía con el paso de los vehículos; el último no pudo superar bien el paso y quedó con la trilla casi a la altura del capot. Entonces, hubo que suspenderlo con el gato Hi Lift y halarlo con un whinche, rescate que realizamos en pocos minutos.

Al cabo de una hora, estábamos arribando a nuestro destino: Caño Negro de Chiguao, a orillas del afluente del mismo nombre. Allí vive una pequeña comunidad, con parte de la cual pudimos conversar y escuchar algunas de sus historias. Una de ellas consistía en que las plantas que se encontraban por todo el lugar, de forma cilíndrica y de unos 15 cms. de alto, eran sus antepasados, según sus creencias, muertos en conflictos con sus enemigos. Como estos pequeños cilindros poseen en su parte superior unos puntiagudos filamentos, decían que eran las flechas con que habían sucumbido sus antepasados.

Estas personas nos informaron sobre un pintoresco salto de agua, a unos veinte minutos caminando; pero por lo tardío de la hora y el cielo nublado no fue posible obtener material fotográfico del lugar.

Acampamos sobre una de las lomas de este valle, cuya temperatura era muy fresca. El terreno posee lomas con pisos de granos gruesos y cubiertos de plantas gramíneas, parecidas a las que hay en la Gran Sabana; su color rojizo se debe a la gran concentración de material ferroso y aluminio en los suelos de esa zona.

El campamento nuevamente tuvo como marco la bóveda del cielo en pleno, llena de estrellas infinitas. Después de las tertulias entre los compañeros de viaje, y cuando finalmente todos fuimos a descansar, el silencio reinante era abrumador, tanto que podías escuchar tu propio torrente sanguíneo. Acostado en mi carpa, reflexionaba sobre cuántas personas reniegan despojarse de sus comodidades citadinas, y yo allí en medio de la nada, rodeado de montañas, rocas extrañas, tepuyes y a los pies de una intrincada selva; dominios de “Macunaima”, la diosa de la selva, según las creencias de algunas etnias aborígenes de la zona. Me sentía mejor que un rey en su palacio real, a pesar del largo trayecto de asfalto y las dificultades del camino, con las consiguientes horas tras el volante, realmente todo eso pierde importancia y pasa a un segundo plano.

Después de pasar un agradable tiempo en ese lugar y como de costumbre, cuando uno lo ha pasado bien, el inevitable retorno se toma con no mucha euforia. Así, sobre nuestras huellas, empezamos a recorrer de vuelta los cientos de kilómetros que nos separaban de la cotidianidad y la realidad de cada cual. Cuando uno realiza un viaje, mas si éste ha sido placentero, las obligaciones se esconden en algún lado del cerebro, como si este órgano rector cuidara de que tu disfrute no sea perturbado por quehaceres; parece algo mágico, pero conforme más cerca uno esté de su hogar, como invasores de la tranquilidad llegan los pensamientos de las cosas por hacer. Empiezan a surgir como destellos en tu mente. Pareciera una patología de los asiduos a los viajes, asociada al regreso a casa, pero también en la fábrica de ideas y pensamientos tu otro yo, maquina el próximo reto, el lugar y el tiempo disponibles para hacerlo. Eso pareciera ser “el ciclo interminable del expedicionario”.

Fuente: Edición No. 18

Visitas: 2911


      Para Comentar debe de Iniciar Sesión



      tit_encuesta

      • Borojó
      • Música
      • Desiertos del Sur
      • Pista 4X4

      Más Información

      Ediciónes Anteriores